jueves 12 de octubre - 2017

EL PJ LE DA LA ESPALDA A CRISTINA


Sobran las encuestas, pero por si hacía falta los propios intendentes del PJ le transmitieron personalmente a Cristina Fernández de Kirchner sus inquietudes electorales cuando resta muy poco de campaña. Advirtieron sobre las dificultades para disputar la franja de votos que está en discusión para definir la batalla en Buenos Aires y puntualizaron que la casi totalidad de apoyos que pierde Sergio Massa emigra hacia Cambiemos.

El diagnóstico no es original, si se dan por buenos los sondeos que circulan en estos días. En cambio, asoma como una señal política más novedosa el hecho de que los jefes peronistas del Gran Buenos Aires lo hayan verbalizado ante la ex presidente y en un encuentro colectivo. No es, con todo, el único dato saliente.

La ex presidente no disimula sus enojos de campaña ante su círculo más cercano, extendido a unos pocos intendentes fieles, como Jorge Ferraresi (Avellaneda) y Walter Festa (Moreno), un par de dirigentes de La Cámpora y hasta algún referente como Fernando Espinoza, de La Matanza y formalmente a cargo del PJ bonaerense. Pero ahora se cuida de hacer sentir sus reproches al resto. Es un síntoma de la tolerancia que debió asumir en campaña.

Esa nueva realidad se reflejó el domingo en la cena organizada por el intendente de Escobar, Ariel Sujarchuk, a la que asistieron kirchneristas duros y peronistas más clásicos, todos jefes de distritos del GBA. Allí, la ex presidente se tomó tiempo como siempre para sus largas exposiciones, pero escuchó algunos comentarios de los referentes locales.

Desde el círculo kirchnerista duro habían dejado trascender que la cita fue empujada para disciplinar a los intendentes en el tramo final de campaña. No es lo que cuentan algunos intendentes que van con las listas de Unidad Ciudadana aunque no son precisamente incondicionales. Por el contrario, destacan que Fernández de Kirchner evitó comentarios sobre los jefes locales que ya comenzaron a dar signos de realineamiento en función de sus cálculos poselectorales.

Vale un caso concreto. La semana anterior a la cena en Escobar, tres intendentes visitaron al presidente del bloque de senadores peronistas, Miguel Ángel Pichetto, convertido en una especie de jefe operativo del entramado de gobernadores del PJ, es decir, los referentes que ya se muestran dispuestos a dar vuelta la página kirchnerista. No es el único contacto de esta naturaleza, pero la diferencia es que esta vez nadie trató de ocultarlo: más bien al contrario.

La foto que circuló por Twitter mostró a Pichetto junto a Gustavo Menéndez (Merlo), Leonardo Nardini (Malvinas Argentinas) y Santiago Maggiotti (Navarro). Los kirchneristas más duros advertían que sobre ellos iba a caer la ira de la ex presidente. Al menos, eso no habría ocurrido hasta ahora. "No se habló de ese tema ni de nada parecido en la cena", asegura uno de los comensales de aquella cita en Escobar.

Es posible que la propia necesidad de campaña haya contenido a Fernández de Kirchner. Ese mismo domingo encabezó un acto con Nardini en Malvinas Argentinas y la visita siguiente al GBA ya estaba reservada para Merlo junto a Menéndez. No había espacio para reproches: los dos jefes comunales garantizan concurrencia masiva.

Tampoco fueron sobrevoladas las conversaciones por las inquietudes, y en algunos casos sospechas, de cierta despreocupación de los intendentes sobre la pelea mayor en la provincia –es decir, la suerte de la ex presidente-, concentrados como están en garantizar su fortaleza en los concejos deliberantes. El fantasma del corte de boleta no es nuevo, aunque no es una ecuación sencilla. Por ahora, al menos en la visión de algunos, el punto es que tal vez su principal candidata pueda servir de contención frente al arrastre del oficialismo en una elección nacionalizada y bastante polarizada que no pueden modificar.

En esa línea, la elección de Corrientes sumó un elemento de análisis difícil de eludir más allá de las particularidades del distrito. Y tendría que ver con el peso de la marca Cambiemos. Allí, el peronismo arrancó antes que nadie la campaña y definió como candidato a Carlos "Camau" Espínola, de buena imagen local. El oficialismo, en cambio, resolvió la fórmula más tarde y su oferta fue escasamente atractiva por sí misma. La campaña trascendió los límites puramente locales y sumó a buena parte de la primera línea nacional, empezando por Mauricio Macri. Se hablaba de una disputa dura, apretada, pero la diferencia fue de 9 puntos.

La marca Cambiemos, asociada en Buenos Aires a la imagen de María Eugenia Vidal –que lleva el mayor peso de la campaña-, es también alimentada por la confrontación directa con el kirchnerismo. La ex presidente no reniega de eso y, por el contrario, busca rivalizar permanentemente con Macri, incluso más que con la gobernadora. Esa es la estrategia que mantiene firme, con mayor exposición mediática que antes de las primarias.

El punto, para los intendentes peronistas, es que ese juego puede garantizar porcentajes similares a los de las PASO, pero no deja espacio para exponer gestión y trabajar el distrito en función de lo que consideran su capital político individual.

La cuestión no es sólo cómo mantener el piso, es decir, la línea de contención, sino cómo crecer unos muy pocos puntos. Lo que evalúan en filas del peronismo son las dificultades para atrapar parte de la franja aún en disputa -que oscilaría en el 5 por ciento según cálculos más o menos aceptados por todos- y evitar el drenaje hacia el oficialismo. Algo de eso se escuchó en la cena de Escobar.


Nadie, claro, juega solo. Para el oficialismo, la gestión provincial es un eje central de campaña que se extiende a los municipios, con la esperanza de que además mejore la marca en distritos donde sus propios referentes tuvieron resultados pobres en agosto. El oficialismo se concentra en los mismos territorios que la ex presidente considera su base de votantes. Y lo hace con un nivel de atención novedoso y sostenido.

El ejercicio en el laboratorio electoral fue trasladado al terreno. Los datos de los resultados de las primarias han sido estudiados cuidadosamente y son cruzados con la información que surge de las encuestas y, en parte, de los famosos timbreos. Dicho técnicamente, combinan datos cuantitativos y cualitativos.

En el oficialismo consideran que eso les permite ajustar el foco de la campaña. Trabajan concentrados en municipios donde registraron bajos niveles de votos y lo hacen, aseguran, con cierta precisión sobre barrios y manzanas. Es una especie de microcampaña, poco visible, mientras la batalla mediática y los actos giran alrededor de la gobernadora y los candidatos, con mayor exposición también de Macri.

La ex presidente, en cambio, desarrolla una batalla que gira a su alrededor, con eje más nacional que local: la dureza contra Macri casi no deja espacio para otros temas. Insiste, como lo hizo después de las primarias, en denuncias sobre el recuento de votos –¿fórmula preventiva para la noche del domingo 22?- y recrea declaraciones para presentarse como víctima de una persecución.

En ese último renglón, ha dicho que la Justicia actúa como una "fuerza de tareas" en su contra y que ella encabeza "la lista negra de Macri, la de los que tendrían que desaparecer". No ahorra en nada: términos que aluden a la peor tragedia política del país para pelear unos puntos en las urnas.